Óleo   1,62 x 1,24 m. 

 

NIÑO SABIO

 Hey! niño sabio, has muerto por fin…

sí, y no te das cuenta, hoy has muerto,

como siempre en el angosto hueco de la vida,

en el universo de la ancianidad, sin gemir

has muerto.

 

Niño que juegas solo en el campo,

mechón de cabello perfumado de barro,

manitas sucias y corazón limpio

que miras dulces en el crepúsculo.

 

Niño que es maltratado del mundo,

ríes mimoso por ser erudito.

 

Carita redonda y vivir fausto,

que bebes el pecado del arroyo negro

al dejar eternamente de ser niño.

 

Niño grande que mueres luchando

sin nueve navidades haber gozado.

Alma ingenua que miras de soslayo

hombres sátiros y madres llorando.

 

Ojos azules que ignoran haber nacido,

y comes fresas verdes en el huerto.

 

Niño que perdiste el trompo

                        en el templo de Kyoto…                      

y regresas con sangre en el rostro.

 

Niño indígena de ponchito blanco,

que no entras al salón lustroso

donde están tus keros de oro.

Tez quemada por el sol y el viento,

¿en qué lugar anda tu taita que se ha ido

en el viaje melancólico del que jamás regresó?.

 

Niño crespo que ves en el desierto

desaparecer de pronto el alba de estaño,

ropitas roídas de mentón oscuro,

lloras al cielo muñecas de trapo,

siendo ¡tuyos! Los colibríes de zafiro,

que en la gran Roma tiene el Padre Santo.

 

Niño humilde, niño rico,

ni el monarca más grande y alto

podrá contigo niño sabio.